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2010 Diálogos al Atardecer

julio 15, 2012

P r e s e n t a c i ó n

 Pbro. Tomás de Híjar Ornelas   

         Un regalo inesperado hace a la comunidad intelectual don Luis Sandoval Godoy, zacatecano de origen y a mucha honra, pues lejos de ocultarlo lo ha pregonado a los cuatro vientos escribiendo enjundiosos libros relativos a su entrañable San Juan Bautista de El Teúl, pero también tapatío por una vecindad añeja, de sesenta años, involucrado como el que más, en el desarrollo, prosperidad, pero también en el análisis y comprensión de la decadencia de una metrópoli que en unos pocos años  se engulló a sí misma.

         Diálogos al atardecer, es una obra que lejos de mostrarnos el yoísmo protagónico donde se engolfan los infatuados, da fe del itinerario existencial de un creador de fina sensibilidad, divulgador de ideas con la indeleble marca  del cristiano viejo, crítico acerado de la cosa pública, amoroso compilador de las bagatelas del lenguaje popular y del coloquio aldeano, el de los dichos y refranes, que de tan cotidianos corren el riesgo de perderse, si no fuera por un cronista acucioso que como don Luis, que además de registrarlos, los ha glosado y recreado con perspicacia.

              Dejar al cálamo la libertad para que enhebre palabras sin curso fijo, abre una ventana al numen de lo imponderable. Las regiones interiores esconden fieras que no deben nunca dejar sus grilletes. Sin embargo, si alguien con talento y oficio, a despecho de sus miedos y de su pudor, le permite a su alter ego otear al otro lado de sí mismo, puede condensar en letras de molde, como en el caso presente, un monólogo intachable.

           Tal empresa se echa a cuestas este libro, ahora en Segunda Edición, en el cual su autor rescata, en conexión directa con lo ofrecido en la primera entrega, “gentes y hechos a la sombra-luz de otras tardes”. En efecto, este segundo impulso amplía con nuevos capítulos  la historia del periodismo independiente en Jalisco, el de mediados del siglo pasado, aun penetrado de humanismo cristiano muy hondo, que produjo laicos de la talla de don Pedro Vázquez Cisneros, don Antonio de la Peña, don Francisco Flores Márquez, don Liberato Rosales, o eclesiásticos como don Ramiro Camacho, don Rafael Vázquez Corona, o don Nicolás Valdés Huerta, al cual por cierto, dedica un merecido reconocimiento  por su abnegada y hasta heroica labor, para preservar muchos pasajes de la historia negada de la lucha del pueblo de México, en defensa de su fe.

         Esta obra es para leerse de un tirón y releerse lentamente;  para espigar según se quiera, datos e informes, nombres y caracteres, incidentes y peripecias, cosas grandes o nimias, pero todas escritas con una sinceridad conmovedora, ecuánime e imparcial, sin resentimientos ni inquina, no obstante que cuando la verdad lo exige, expone situaciones erizadas y lacerantes relacionadas con personas vivas o ya difuntas.

          Con auténtica modestia, pues tal virtud posee no quien niega lo que es, sino quien lo presenta sin pretensiones mezquinas, sin vanidad o engreimiento, podemos seguir paso a paso el trote cansino,  a lomo de bestia, que transportó a un muchacho más al norte de su natal pueblo, El Teúl, para recluirlo en la entonces austera casa del Seminario Auxiliar de Totatiche, cuando aún flotaba la fragante memoria del mártir san Cristóbal Magallanes. Luego el tránsito del adolescente a la capital de Jalisco, entonces desmedrada capital provinciana, sin las ínfulas de falsa grandeza  que en fechas posteriores inmolaron al tránsito vehicular, a la voracidad del comercio y a la ramplonería del funcionalismo, lo mejor de su vieja fisonomía urbana.

         Apelando a una sinceridad que sólo se alcanza a través de la experiencia y del ejercicio de la virtud, relata su crudo encuentro con la necesidad de subsistir fuera del plantel levítico empleándose en los más humildes oficios tan sólo el tiempo necesario para soltar una pequeña parte del abundante bagaje  en letras acumulado, -nos cuenta-, gracias a la complicidad del sabio don Manuel de la Cueva, a través de autores que imprimieron carácter en el joven, especialmente Azorín, el devoto colector del alma de los pueblos.

        Don Luis da fe de sus primeros escarceos por el mundo de la letra impresa, de los gozos y frustraciones, de los deslices y los encuentros providenciales de la prensa independiente y el esfuerzo por atender proyectos culturales de largo o menguado aliento; del sostenido empeño por mantenerse como aconseja el vate, “siempre igual, fiel a tu espejo diario; cincuenta veces es igual el ave taladrada en el hilo del rosario, y es más feliz que tú, Patria suave”.

       La Época, Tribuna, la Sección Cultural de El Informador, entre otros proyectos editoriales; medio centenar de libros publicados, comenzando con uno de tinte hagiográfico al que han sucedido otros de carácter literario y narrativa fluida y sabrosa, de historiografía, de crónica y demás temas de impronta etnográfica y social, así como miles de colaboraciones periodísticas, ocultas casi todas bajo el velo del anonimato. Amistades íntimas, entrañables, fecundas. Encantos y desilusiones, en fin,  todo lo que el sartal de cuentas de una vida entregada a la pasión por dejar en letras de molde las ideas y los sentimientos, desfila por las vibrantes páginas de una obra que si bien desprende, como las cajas de cedro, el aroma de los epílogos, deseamos sea una veta más de la fecunda, rica y bien aprovechada vida de un hombre a carta cabal.

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